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Dos que nadaron sin mojarse

Dos que nadaron sin mojarse, es un proyecto compartido, un blog a dos manos.

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17 Junio 2011

Observarme

Supuse que aquel no era momento más propicio, lo noté en el temblor de sus pupilas que recorrían nerviosas la distancia entre mi escote y la puerta que dejé apropósito entreabierta. El viento que se colaba hacía bailar las puntas de mi pelo sobre mis hombros y mejillas. Puede que no recuerde de que color estaba pintada esa casa, si el día era frío o caluroso, o si tenía puesta la radio o la televisión, pero recuerdo cada detalle sobre mi cuerpo y el suyo. Recuerdo perfectamente que no hubo ni tan siquiera una palabra durante esos instantes, sólo miradas. Las mías cargadas de intenciones, directas, provocadoras y altivas. Las suyas llenas de interrogantes, de suplicas y de deseo, sobretodo de deseo. Se delató demasiado rápido, justo cuando me mordí el labio inferior y lo dejé resbalar suave y lentamente de mis dientes superiores mientras dibujaba una sonrisa, fue esa mirada que dejo de tiritar para clavarse en un sólo punto de esa habitación, fueron esos labios que se abrieron lentamente y dejaron escapar un suspiro insonoro, fue el temblor de su garganta al tragar saliva, todos sus gestos me confirmaron lo que ya suponía. Dio un paso al frente dispuesto a rebasar la linea imaginaria que nos separaba para cerrar la puerta, pero no se lo permití, me planté delante suya, la punta de sus zapatos quedaron a un centímetro de los míos, era más alto que yo, y tuve que alzar la mirada. Sus ojos se chocaron con los míos desafiantes, pero de nuevo noté la flaqueza en sus pupilas y me aproveché. Dejé que mi respiración envolviera su garganta, busqué sus manos colgadas a cada lado de su cuerpo y acaricie sus dedos agrietados y enormes en comparación con los míos. Uno por uno, sin prisas y con la absoluta convicción de que se dejaría hacer siempre y cuando lo tuviera magnetizado con la seguridad que él mismo me proporcionada sin darse cuenta. Mis dedos se aprendieron los suyos de memoria, cada bello, cada grieta y cicatriz, y luego fueron mis labios y mi lengua lo que nos dejaron ni un milímetro de piel por recorrer. Debo admitir que su presencia me intimidaba, era tan fuerte y soberbia que podía notar incluso como la sangre corría por sus venas, el calor de su cuerpo desprenderse y la erección animal a la altura de mi vientre.
Me llevé una de sus manos a mi escote, dejé que sus dedos, humedecidos por mi saliva rozaran los bordes de mi camisa. Él no necesitó más instrucciones, su mano se paseo con delicadeza y poco a poco se fue abriendo camino por mi piel, la metió dentro de la copa de mi sujetador y lo acarició con cuidado como si pudiera romperse. Cerré los ojos, transportada y cuando me quise dar cuenta la camisa estaba arrugada en el suelo junto a su albornoz, y su erección se había colado bajo mi falda. Notaba su miembro trepar tembloroso y ardiente entre mis muslos mientras sus manos se abrían paso desde mi vientre hasta el filo de mis bragas. Eso fueron los únicos momentos de contacto que le dejé disfrutar. Di dos pasos largos hacía atrás hasta que encontré el mueble de entrada y me subí sin esfuerzo. Me humedeci los labios, me solté el pelo y mis gafas se inclinaron reptando por el puente de mi nariz, introduje mi mano por la transparente tela de mis bragas, mi otra mano se agarraba con fuerza al tablero de madera que había entre mis muslos. Cerré los ojos, con la certeza de que él no daría ni un sólo paso, que haría exactamente lo que yo le había ordenado sin palabras. Observarme.
Sólo se oída mi respiración, cada vez más y más fuerte, el crujido de la madera, mis jadeos. Jadeaba y me mordía los labios Mis dedos recorrieron mi vientre, la piel de mi escote y mi cuello. Buscaron mi boca mojada y se enmarallaron en mi pelo. Los pezones se clavaban en la tela, mis muslos temblaban y los tacones se clavaron en la madera del mueble cuando culminé el orgasmo con un gemido que desgarró el aire.
Abrí los ojos y cerré las piernas. Recogí mi camisa del suelo y le di un beso en los labios.
La última visión que conservo de él, es en ese recibidor, ruborizado, con la erección palmitante y una gota de sudor colgandose de su frente, a pesar de que (sí ahora lo recuerdo con claridad) la puerta estaba abierta y hacía un día de frío ardiente.

E_Trusca

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Erika  Perez

Erika Perez dijo

que buen post, me ha gustado muchos.

un saludo.
erectra

3 Agosto 2011 | 07:53 PM

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Uno ilicitano, otra ibicenca; los dos por gusto por la escritura. MrWaWah lanzo la idea, Etrusca acepto sin dudarlo. Cada uno de acuerdo a su punto de vista, percepción y entorno. Una rodeada de agua, el otro; perdido en la península y las palmeras. Dos disfraces para el mismo el mundo.

Gracias a los que...


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