Cristal de colores
La calle estaba oscura, el atardecer había hecho descender al sol buscando las montañas; y la sombra de los edificios cubría todo el ancho de la calle. Eran apenas las seis de la tarde y todas las farolas se habían encendido ya. La gente entraba y salía de los comercios de ambos lados de la acera, muchos niños corrían tras un balón o simplemente se gritaban mientras se perseguían. Algunas señoras mayores, sentadas en sillas de madera que rechinaban con cada uno de sus movimientos, hablaban entre susurros como si guardaran los secretos más inconfesables. Pero no eran de esas ancianas que cuando encuentras por la calle te pones serio y recto, sino todo lo contrario; cuando los niños pasaban correteando se les dibujaba una sonrisa leve y sus labios se estiraban mientras seguían con la mirada las carreras. Sonrisas que bien valen una vida entera.
Cuando yo pasé por su lado me miraron sonriendo y les di las buenas tardes, devolviéndoles la sonrisa. Seguí andando hacia el final de la manzana. Al doblar la esquina se abalanzo sobre mí la enorme silueta negra de la sombra de aquel edificio. Me quedé parado en la esquina, mirándolo hasta que me di cuenta de que tenía la boca entreabierta y la cerré antes de hacer el ridículo delante de cualquiera que pasara por allí.
Los cristales tenían muchos colores y formas geométricas entrelazadas, eran enormes y muy numeras por toda la fachada. Estaba recubierto de mármol blanco y tenía unos balcones en forma de olas de mar, ondulados y con unas barandillas muy bajas; de unos treinta centímetros más o menos, no aptas para gente con vértigo. Aquella calle estaba desierta, ni rasto del ajetreo que había encontrado bocacalles atrás.
Mientras me acercaba el sol fue apareciendo por un lateral de la fachada pintando de naranja todo el contorno y haciendo brillar las cristaleras. La verja era de metal oscuro y corrido, en la puerta no se veía ningún letrero y el sendero hacia la puerta de la casa estaba lleno de malas hierbas y alguna que otra pisada marcada sobre el barro. A la derecha había una gran fuente, verde y gris, que me salpicaba pequeñas y finas gotas sobre la piel. En ella, unos gatos bebían agua y otros, tirados en las faldas de esta; se lamían las patas y el pelaje mientras se peleaban unos con otros retorciéndose sobre la hierba.
Subí los tres escalones que me separaban de la puerta de madera de la casa. Toque varias veces y nadie respondido. Una melodía se oía tras los muros. Buena música, eso es cierto. Guitarras y melodías de rock de los años cincuenta. Escuche risas a mi espalda y cuando me gire, allí estaban; todos los niños de antes. Asomados en la esquina, vigilándome y riéndose sin cesar, señalándome con el dedo índice unos, y otros, simplemente; sentados en el suelo con las piernas cruzadas como si estuvieran en el cine de verano.
Cuando volví la vista, la puerta se había abierto y un salón lleno de luz se presento ante mí. La luz era tan fuerte que tuve que cerrar los ojos para poder acostumbrarme poco a poco a tanta luminosidad. Conforme abrí los ojos los colores vivos, las esculturas y los cuadros se fueron mostrando ante mí. Lámparas colgadas del suelo hacia arriba y cuadros colgados en el techo, mesas puestas en las paredes y una escalera de caracol que avanzaba de lado, hacia la habitación contigua. Camine mientras preguntaba en voz alta si había alguien ahí; de repente una puerta se abrió y otro fuerte golpe de luz me hizo perder el equilibrio...
Aún no he olvidado el terrible golpe que me di contra el mármol del suelo.
MrWahWah


