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La Coctelera

Dos que nadaron sin mojarse

Dos que nadaron sin mojarse, es un proyecto compartido, un blog a dos manos.

21 Marzo 2011

Lluvia para calentarse 1.0

"Donde siempre, en media hora"
No fue exactamente una orden, ni tampoco una invitación, más bien parecía una afirmación, cómo si fuera consciente de que para mí no cabía imaginar otra posibilidad. Era esa actitud la culpable de que mojará las bragas cada vez que recibía una de sus llamadas.
Ese día llovía a cántaros, tuve que andar cuatro manzanas hasta llegar al edificio donde nos habíamos citado, sólo cuando entré en el ascensor y me vi reflejada en el espejo me di cuenta de que estaba completamente empapada.

Las gotas de lluvia rebotaban contra el cristal de la ventana. Había abierto un ala para airear la habitación y el viento y algunas gotas de lluvia rebotaban contra el marco de la ventana salpicando contra el suelo y la piel. Hacia veintiséis minutos de mi llamada y como siempre, entre el veintisiete y el veintiocho; la cerradura sonaría. Perdido tras la pequeña barra americana de la estancia principal de aquel minúsculo apartamento serví dos copas. Convencido de que antes de terminar de rellenarlas, aparecería. Y para mas exactitud, seguro que sin paraguas.

Y además, echa un desastre. Los zapatos, imitación de ante, estropeados por la lluvia, el flequillo pegado a la frente, el maquillaje corrido y la blusa blanca pegada a la piel, transparentando el sujetador. Intenté sin éxito poner orden a todo ese caos mientras el ascensor subía a trompicones hasta el ático. Segundos después me encontraba de nuevo encarada a esa puerta de madera gastada. Como siempre, intencionadamente entornada.

El chasquido de la puerta al golpear con el pomo contra la pared levanto mi mirada de las copas. Fue la señal, como tantas otras veces. Me acomodé en el sofá blanco de piel, dándole la espalda como si su presencia fuera desconocida para mí. Descalzo, mis zapatos empapados junto a la puerta. En un perchero mi abrigo, con una percha para su ropa. El resto de la habitación vacía; una pequeña cocina con una nevera. Un sofá en el centro de la estancia y una pequeña chimenea eléctrica. En la pared algunas fotos en blanco y negro y colores sepia colgadas con un trocito de cinta adhesiva; muchas de ellas de ella. Otras tantas, de su ropa en el perchero, y alguna que otra de la lluvia en esas ventanas.
- Veintisiete minutos y treinta y cinco segundos. Es tu récord. - Recuerdo que le dije. Mientras bebía sin quitarle la mirada de encima.

Eché un vistazo rápido a la habitación mientras me quitaba los zapatos y colgaba mi bolso en el pechero; semivacía, sin apenas muebles ni cortinas, y por supuesto sin ningún tipo de decoración quitando aquellas fotos, la reconocí exactamente como la última vez que la visité. Él sentado en el sofá, sostenía una copa y me miraba fijamente. Neutro, sin ningún tipo de expresión en el rostro.
Me señaló con un gesto de cabeza que en la barra había preparada otra copa.
-Veintisiete minutos y treinta y cinco segundos. Es tu récord- me dirigí a la barra descalza y aún con la ropa mojada a por la bebida. Me iría bien para entrar en calor y aplacar los nervios
-Soy buena superándome. Es una de mis virtudes.

Empapada por la lluvia. El pelo mojado y la blusa se pegaba a su piel. La marca del arco de sus pies dibujo un camino hasta su copa. Sus pisadas fueron desapareciendo mientras, después de dar otro trago; y subiendo una de mis piernas sobre la otra le sonreí. Una sonrisa rápida y cómplice con un claro mensaje marcado: todo va bien, todo está perfecto.
- Y dime, ¿Cuáles son el resto de las virtudes?

Me acerque a la chimenea y me senté sobre las piernas, planchado con las manos mi falda de tubo, aunque sin necesidad, estaba tan mojada que sería imposible que se arrugara lo más mínimo.
Tenía el cuerpo helado, y el calor artificial no tardó en erizarme la piel. Notaba los pezones erectos como nunca, entre el frío, el placer del calor y lo excitante de la situación.
- Diría que tengo muchas, pero desde luego la tuya no es la educación - sonreí, le señalé mi ropa empapada, me saque la blusa de debajo de la falsa y la estruje dejando un diminuto charco en el suelo.

-Debió llover mucho durante el camino - Le sonreí mientras ella intentaba entrar en calor. Sus pezones marcados tras la blusa y la piel empapada acalorándose por culpa de la chimenea.
Caminé despacio hacia ella, sin ninguna prisa por llegar mientras no dejaba de mirarla y observar cada gesto. Me quité la camiseta, rápido, antes de llegar a su lado para tirarla contra el charco que había formado en el suelo; y dejar que la empapara el agua.
- ¿Empatados? - Mi torso desnudo a menos de dos centímetros de su cara, y mis manos; por primera vez aquella noche; rozándole las mejillas, el pelo y la mandíbula.

El tacto cálido de sus dedos por mi rostro provocó un escalofrío que recorrió mi columna y me erizó los bellos de la nuca y los brazos. Cerré los ojos. Me deje llevar unos instantes, disfrutando de esas manos masculinas que se paseaban acariciando mi piel helada. Sentía el calor de su torso desnudo desprenderse, casi chocar conmigo, y mis manos no tardaron en recorrerlo con lentitud y toda la paciencia del mundo. La yema de mis dedos y mis uñas marcaron territorio por sus caderas, su tripa, su pecho ... fueron subiendo poco a poco, hasta que mis manos buscaron las suyas para guiarlas hasta mi camisa.
-Aún no, pero casi.

- ¿Aun no, dices? - mi mano apretó contra su cuello, mis dedos se marcaron contra su piel y toda la palma lo rodeo. La yema de mis dedos se perdieron por debajo de su pelo, rozando su nuca. - Veamos esa camisa... - deje caer sobre su oído, tan flojo que tuvo que atreverse a intuirlo más que a escucharlo, mientras mi otra mano se abrió paso, deslizando los botones uno a uno.

Sin apenas darme cuenta, la luz que entraba por las cristaleras, se había extinguido y ya tan sólo nos alumbraba el fulgor del fuego. Sus dedos se deslizaban por los botones de mi blusa con calma y precisión y poco a poco fue descubriendo la piel de mi escote, delineada por los bordes de encajes del sujetador.
Los míos se entretenían recorriendo la virilidad de sus brazos, hasta que bajo mis yemas noté la tensión de sus músculos al arrancar los últimos botones de mi camisa.

Hice saltar los botones por toda la habitación. Mi garganta trago saliva mientras mis ojos, hambrientos y brillantes; no perdían detalle de la silueta de aquel escote. Y como tantas veces, arrodillándome frente a sus muslos, repase con mi lengua cada centímetro de esas piernas blancas y suaves. Dibujando la articulación de sus rodillas y las finas líneas de sus músculos. El sonido de sus zapatos resonó como tantas otras veces contra el suelo, la planta de sus pies se deslizo por mis muslos, mi cuerpo se estremeció y de nuevo, trague saliva y el sonido retumbo contra las paredes.

Las falda se enrolló en mis caderas cuando levantó mis piernas para pasear su lengua por ellas. Al paso, mi piel se erizaba y yo me estremecía. Si algo me hacía regresar a aquel ático después de cada llamada, era la manera que tenía de anular, y a la vez, incitar mi voluntad. Cómo podía dejarme hacer deseosa e intrigada y a la vez cómo podía arder de ganas por hacer yo. Me perturbaba la idea de que nada nunca era previsible, el no saber que me esperaba después de cada caricia o arañazo...
Mis pies se pasearon por su torso, bajando lentamente, buscando la evidencia, cómo él la buscaba con la mirada en mis pezones marcados en la tela semitransparente. Instantes después supimos que los cristales de la habitación no tardarían en empañarse...

E_Trusca, MrWahWah

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Uno ilicitano, otra ibicenca; los dos por gusto por la escritura. MrWaWah lanzo la idea, Etrusca acepto sin dudarlo. Cada uno de acuerdo a su punto de vista, percepción y entorno. Una rodeada de agua, el otro; perdido en la península y las palmeras. Dos disfraces para el mismo el mundo.

Gracias a los que...


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