Desde la barra
Yo lo que quería era estudiar psicología, y montarme un consulta dónde sentada en un sillón de terciopelo escuchará los problemas y las tristezas de la gente, pero a falta de dinero y oportunidades para llevar a cabo mi sueño, me hice camarera, que tampoco se diferencian mucho. En vez de un sillón de terciopelo pues tengo una barra de madera gastada, y en vez de un bloc de notas y un bolígrafo, tengo mi sonrisa y mi escote. No soy gran cosa, pero me hago más guapa copa tras copa. Las penas me las cuentan igual, el precio no es el mismo claro, aquí se cobra menos y se hace mucho más duro, sobretodo cuando alguno con una borrachera considerable se siente desatendido y se pone violento. El pasado fin de semana tuvo que meterse Yimi, el portero, y quitármelo de encima, el cabrón había saltado la barra y me tenía cogida por el cuello, menos mal que vino él, le cruzó la cara y lo echó del local.
Yimi mide dos metros, es calvo y tiene dos manos enormes capaces de partir un cuello como el mío en un santiamén, pero es dulce y tiene una mirada de niño perdido que me provoca ternura y lastima, y además me quiere. Una noche que llovía mucho me trajo a casa, me dijo que su corazón era mío, que era la mujer más increíble que había conocido y que debería dejar de trabajar en el bar porque sino algún día mataría a algunos de esos cretinos. Le invité a subir, nos acostamos sin sexo, y nos besamos sin lengua. Pobre Yimi, si supiera que mi corazón es de todos y de nadie...
E_Trusca




argivo dijo
Un personaje con alma narrativa. Esta mujer altamente universal. en su ternura y desternura. Un abrazo. Argivo
20 Diciembre 2010 | 06:30 PM