Dualidad
Es una tipa rara, se hace pulseras con tenedores y cucharas dobladas, y se pinta una uña de cada color. También es infinita, tanto que a veces me pierdo dentro de ella y luego me cuesta encontrarme, pero sólo porque llegamos a un punto en el que nos confundimos, será de tantos años de confidencias y experiencias compartidas que a la hora de diferenciar que pertenece a una y a otra se hace complicado. No recuerdo nuestra primera conversación, pero llevaba falda de vuelo, con unos zapatos horribles, el pelo teñido de fucsia, y la sonrisa puesta y supe que sería difícil de olvidar. Inmensa, cabe un mundo en ella, que a veces me aplasta contra los muros de mis propias limitaciones. No tiene respuestas para todo, por eso es feliz, y cuando se ríe lo hace con ganas, igual que cuando llora viendo por vigésima vez Thelma y Louse.
Tiene los pies en la tierra, pero las alas desplegadas y vuela de vez en cuando, a veces tan alto que se convierte en un punto cada vez más diminuto allá en el cielo hasta que ya no se deja ver y la luz del sol me ciega intentando enfocarla. Siempre está delante de todos los caminos, justo en el centro, incauta y descuidada, con la sinceridad al borde de la mirada y en la punta de la lengua. Te gusta comerse los botes de nocilla con cucharas soperas, como se come el mundo dice y ver películas de miedo conmigo las noches de invierno, refugiadas debajo de las mantas con las manos agarradas, cada vez que se asusta me pega un apretón. Dice que casi es una palabra que no debería existir, porque casi es mentira y nunca suficiente, que nosotras somos todo juntas, aunque aún nadie se haya enterado, ni falta que hace. Me llama tonta, por escribir diarios, tonta porque la memoria es lo que mata a las personas y no hay mejor forma de recordar lo que hemos sido que leyéndonos, siempre los puedo tirar, le digo, y ella me mira y cuando parece que me va a discutir, calla. Yo sólo la odio cuando calla.
Los días en que la reconozco triste, como si fuera un ritual, nos metemos en su cama, cojo el libro de su mesilla y le leo su poema preferido, mientras su cabeza se agita encima de mis piernas y sus lagrimas resbalan por mis muslos,(dice que sólo sabe llorar con las películas y cuando le leo poemas) la dejo que me bese en los labios, no me importa, y dormimos abrazadas, dejando que el mundo de fuera siga rodando con las miserias que salen en los todos los canales para hacer sentir culpables a los que se saben vivir. Y aquella noche, aunque ella aún no lo sepa, estuvo preciosa, cuando le pego el puñetazo en la boca a aquel tipo que me molestaba. Tuvimos que salir corriendo del local, la lluvia, los tacones y la risa no nos lo pusieron nada fácil, entramos en un portal de aquella calle empinada del puerto, le dije gracias, ella dijo que prefería un café caliente.
A luz de la luna parece menos humana y más bonita. Se lía el porro que enciende en mis labios.
-Me encantan las noches de agosto- lo sé y lo sabe pero siempre me lo cuenta, a la luz de luna es como una hembra de leona que deja el cuello descubierto para que se lo muerdan.
-Mira mira lo que hago.
-Hija de puta.
-Si tuviera polla sería la mujer de tu vida, lo sabes.
-Lo sé.
E_Trusca




Joe Andrés dijo
Otra vez lo has hecho. Este me ha gustado más todavía.
21 Noviembre 2010 | 10:55 PM