Planta veintidós
El collar de perlas se enroscaba por debajo de su nuez dibujando el contorno del nacimiento de su cuello. La poca luz que se colaba por la ventana las tintaba de un ocre que las convertía en lunas. Lunas que adornaban su cuello por encima de un gris jersey de lana y algodón fino pegado a la piel. Aún eran las seis de la mañana y la poca luz del principio del día se perdía entre las nubes y la niebla que adornaban otro día más del frío febrero. Sus treinta y pocos años aún le permitían poder olvidarse del sujetador aprovecharse de que sus pequeños senos eran terriblemente firmes todavia. Sus dedos se colaban en su pelo dejando que el aire oxigenara la melena negra que le cubría los hombros. Frente al espejo, y en este el reflejo de su mirada. Sus ojos negros y bien abiertos contemplándose a si misma mientras se empeña en disimular las pocas marcas de su piel con un poco de maquillaje tenue. Una nariz larga pero bien definida, con las aristas finas y bien marcadas se dibuja en el cristal mientras calmada y serena, respira contemplando el resultado del maquillaje. Una barra de labios roja dibuja con calma el contorno de su boca acelerando la vida en sus labios. Rojos casi sangre, preparados para guiar todas las miradas. Los primeros rayos de luz se cuelan entre las nubes mientras el reloj de la cómoda marca las seis y media. La luz riega el espejo dandole a su reflejo un brillo especial en las mejillas. El marco que rodea el cristal ovalado también gana color por la luz dejando asomar los relieves que se dibujan en los pliegues de la madera marcando flores con cenefas alrededor del cristal. Las aspas del ventilador que se situado en el centro del techo dibujan sombras moviéndose en la escayola blanca que cubre todo el techo. El viento que provoca hace moverse las cortinas aunque las ventanas estén cerradas dibujando sombras moviéndose sobre la pared color crema del dormitorio. La cama aún desecha recibe las sabanas bien estiradas cuando por fin, con los labios tan rojos y aún descalza se levanta con cuidado de no hacer demasiado ruido. Las sabanas blancas con estampados en rosa y amarillo claro se alisan y dan forma a un colchón enorme adornado con un cabezal de madera oscura con relieves muy parecidos a los del espejo del tocador. Al fondo en el suelo unos zapatos negros de punta redonda y tacón con una pequeña tira de un gris muy parecido al del jersey coronado con botón negro. El vaho que asoma por la puerta del aseo los cubre disimulandolos hasta que su mano los encuentra y dejándose caer sobre el borde la cama se los calza con sumo cuidado, limpiando con la yema de los dedos el poco polvo y la escarcha que ha producido el vaho en la piel negra. Los pies perfectamente encajados en el zapato, en el arco una pequeña vena muy marcada y sus tobillos bien a la vista justo antes de que comience el pantalón. Un pantalón vaquero oscuro bien pegado a piel que no deja ninguna duda de lo finas y bien formadas que son esas piernas. Un suspiro, unos dedos que se pierden de nuevo entre su pelo mientras cede y entorna los ojos buscando un respiro en la mañana.
Cuatro minutos después sus caderas se menean de lado a lado mientras el portazo del portón de madera de casi dos metros y medio retumba en el silencio. Una fachada en tonos salmón adornada con rejas negras de metal en los balcones y macetas a los pies de estos llenas de flores de todos los colores. Cuatro escalones custodian la puerta y otros dos la carretera donde espera un coche negro largo, grande y sin una mota de polvo. Dentro dos niños de menos de diez años se pelean por escoger el lado del reposa brazos del centro, por bajar o subir las ventanillas... Jerséis a juego verde oscuro y pantalones azules. Calcetines blancos y zapatos azul marino. El mismo escudo se repite en el jersey y en las mochilas que los niños llevan tiradas sobre sus piernas. Dos buenos gritos más tarde estos están tanto erguidos como rectos contra el cuero marrón de los asientos del coche. El olor a jazmín de su cuello se disimula con el olor del cuero pero aún así el hombre moreno, de unos treinta años, que conduce recibe de lleno el jazmín y sonríe mientras arranca. Vestido con un traje negro acompañado de una camisa de lino blanca conduce adentrándose en la ciudad mientras deja atrás una verja con un muro de piedra enorme en tonos grises coronado con una pequeña valla metálica negra con pequeños adornos en las puntas de los barrotes. El aire frió de la mañana se cuela por las ventanillas haciendo obvio que no lleva sujetador y poco disimulable. Las miradas cómplices del conductor no se hacen esperar y mientras los niños entornan los ojos casi sin darse cuenta pegando las mejillas contra las ventanillas, la conversación más amena inunda la parte delantera del vehículo. Risas y chistes, intercambio de opiniones y piropos hacen el viaje mucho más corto de lo que resulta en realidad. Al doblar una esquina a la derecha una multitud de gente se reúne frente a una puerta gris corredera que da acceso a un edificio blanco con cuadros de colores pintados en las paredes. Hay cuadros verdes, rojos y algunos azules; muchos niños paseando por la entrada y algunos columpios cerca del edificio. El coche para en doble fila frente a la puerta rodeado de muchísimos coches que han estacionado más o menos cerca, cómo han podido, formando un buen desbarajusto en la calle. Una mano cálida pero firme agita los muslos de los niños y estos rápidamente abren los ojos bostezando y restregándoselos entre gemidos y quejas. Corren cerca de otros niños entre risas, mientras el sol escapa por fin de las nubes para bañar la ciudad con esos rayos intensos tras una noche de lluvia. El coche vuelve a arrancar dejando que el sonido del motor sea el único acompañante durante el viaje. Dos viajeros compartiendo coche con sonrisas pero ni una sola palabra más.
Seis esquinas más tarde un frenazo. Un edificio enorme que se pierde por la parte alta de la ventanilla del coche asoma a la derecha del vehículo. Lleno de mamparas de cristales que brillan por los reflejos de la luz. El hombre enfundándose su chaqueta desciende del vehículo y lo rodea para abrir la puerta. Primero esos zapatos, luego las piernas y tras incorporarse todo su cuerpo asoma, sube a la acera balanceándose seguro. Una mano que se estira y una bolsa de papel que intercambia su dueño mientras un que tenga un buen día acompaña el cierre de la puerta. Dos minutos después la suela se pierde por la puerta del edificio y las miradas arrancan el coche y se marchan a otro lugar.
En la planta veintidós en el tercer pasillo a la derecha hay un despacho enorme donde aún están las cortinas corridas y no entra la luz. Un sofá de piel lila adorna un rincón, unos cuadros con marcos negros adornan la pared lateral donde una pequeña puerta lleva al baño, la moqueta verde oscuro hace el suelo mucho más cómodo y una mesa enorme de cristal con los soportes en metal negro se enfrenta de cara al enorme ventanal que deja asomarse a la ciudad. Sentada en un sillón negro y con las piernas cruzadas pierde la mano en el interior de la bolsa marrón de papel. El frió del metal le congela las yemas de los dedos. Paralizada durante un par de minutos con la mirada perdida y los ojos casi en blanco se relame con calma el rojo de sus labios cuando saca la mano de la bolsa empuñando con firmeza el extremo de un arma de fuego. Un pequeño revolver que sujeta con sus uñas pintadas de color marfil por la culata. Su mirada la examina mientras su muñeca gira para poder ofrecerle todas las perspectivas del objeto metálico. La vuelve a meter con calma en la bolsa y a colarla en un cajón. El sonido de los tacones retumba en el silencio del habitáculo. El reloj marca las ocho mientras pasea decidida hacia el espejo junto al sofá. Se observa con calma con la mano en sus caderas. Las uñas contrastan con el color de su piel y el cinturón negro bien apretado a sus caderas. El sonido de una llamada interna suena en la puerta del despecho sobre la mesa de la secretaria. Un hombre aseado y recién afeitado contesta la llamada. Vestido con ropa italiana, la camisa abrochada hasta el cuello y unos zapatos de piel brillantes y perfectamente limpios, pelea con los botones del aparato hasta conseguir responder.
- Mario, dígale a mi marido cuando llegue que lo estoy esperando en el despacho. Que tenga usted buenos días.
- Si señora. Se lo diré en cuanto lo vea.
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