El espigón

Fui como todas las mañana hasta el espigón de la playa. Me gustaba aquel lugar porque siempre estaba desierto, era uno de los pocos rincones de la isla en los que se podía gozar del silencio y la paz en aquella estación del año. Toda aquella zona era reserva natural y poca gente estaba dispuesta a caminar dos kilómetros por cantos rodados y en pleno agosto. Cuando después de mi paseo por los fondos marinos decidí volver al dique me encontré con la sorpresa de que no estaba sola. Un hombre yacía tumbado en el otro extremo del rompeolas, completamente desnudo y con un libro entre las manos. Al advertir mi presencia sus ojos abandonaron la lectura para repasarme de arriba abajo, luego me dedicó una sonrisa sin despegar los labios y se concentró de nuevo en aquellas páginas.
Debía ser un treintañero casi cuarentón pero muy bien conservado, cuando se levantaba de su toalla para darse un chapuzón pasaba delante mía luciendo descaradamente sus músculos elásticos y tensos, su bronceado uniforme y perfecto y la virilidad animal que desprendía su miembro erecto. Se quedaba parado frente al mar unos instante dejándome observar su trasero cuadrado y pequeño, los surcos que formaban los músculos de su amplia y fornida espalda, y lo que más me gustaba, su nuca, dónde se apreciaba mejor su edad gracias a esas canas grisáceas que se mezclaba con la espesura de su cabellera negra, luego se zambullía y se alejaba braceando, dejándome con los pezones violentamente firmes y el sexo palpitante. El martes se repitió la misma escena, y el miércoles, como también el jueves. A pesar de no habernos intercambiado ni una palabra no era un secreto para ninguno que aquella situación improvisada nos excitaba sobremanera, yo fui tan consciente de que su sexo cobraba entereza cuando aparecía subiendo al pequeño muro como él de que mi cuerpo desnudo era incapaz de disimular las violentas reacciones en su presencia.
Aquel día era viernes, me faltaba dos días para despedir la isla, la rutina de las últimas semanas y con ello también mis vacaciones, y como si aquel hombre desconocido presintiera el final de nuestras horas en silenciosa compañía me regaló la mejor despedida que podía imaginar. Nunca supe a que hora llegaba pues cuando yo salía de bucear él ya estaba leyendo en el lugar de siempre, pero aquel viernes ya se encontraba allí cuando llegué por la mañana temprano. Desde el momento en que me vio aparecer tuve la sensación de que no me quitó los ojos de encima, me observaba mientra iba caminado lentamente con mi canasta de mimbre hasta el espigón, mientras me iba deshaciendo de las pocas prendas que me vestían y podría jurar que también lo hacía cuando me di la vuelta me solté el pelo y me zambullí de cabeza en el agua. Cuando regresé al dique él estaba nadando por los alrededores, me senté en el muro de piedra con los pies en el agua oteando el horizonte mientras me escurría el pelo y sentía de nuevo la sensación de sol bebiendo las gotas de agua que correteaban por mi piel. Se aproximó hasta el lugar donde me encontraba, parecía un tiburón acechando a su presa, se acercaba nadando con elegancia, sin perturbar la calma que nos rodeaba, me miraba fijamente a los ojos mientras su hombros salían y entraban del agua con un hermoso contraste de piel morena y azul turquesa, cuando quise darme cuenta lo tenía abriendo mis piernas con sus manos grandes y ásperas, totalmente masculinas, deslizando su nariz por el interior de mis muslos, me olía como si fuera un perro y ni siquiera me miró la cara. El seguía olisqueando entre mis piernas repasando mi piel con su nariz grande y sus labios cálidos, me quedé callada, quieta, paralizada, transportada por la situación, noté cómo paraba lentamente, me miró a los ojos serio esperando una respuesta, deslicé mis dedos por su pelo mojado y espeso, él lo entendió como una aprobación y volvió a colocar su cabeza entre mis piernas, ahora más abiertas que antes, ofreciéndole mi sexo. Al principio su lengua apenas me rozaba, sacaba sólo la punta y me rozaba una y otra vez con ella sin llegar a saborearme, rápido, lo suficiente para excitarme y ponerme en tensión, sobretodo mis pezones, sabía que el más mínimo roce en ese estado de erección me provocaría una enorme descarga por todo el cuerpo. Luego sacaba casi toda la lengua de la boca y me repasaba con ella todo el sexo, de arriba abajo, pegándola bien y ejerciendo presión, tenía una lengua larga y ancha, me encantaba, casi rasposa, una lengua maravillosa para comer coños la verdad, me lamía rápido, ansioso, la respiración tan acelerada como la mía y su aliento salpicando mis muslos, me volvió a recordar a un perro, a un perro bebiendo. Me agarro de los tobillos y me indicó la postura en la debía ponerme, sentada al filo del muro de piedra con las piernas flexionadas y los pies apoyados en el filo. Mi sexo así estaba complemente accesible, abierto, hinchado y totalmente mojado, se dibujaron en su rostro las vistas de las que disfrutaba, pensé que me la clavaría así y me estaba preparando la embestida cuando note que de nuevo seguía trabajando con la boca, ya no me lamía, me chupaba, me absorbía y succionaba con los labios, sabía conseguir el ritmo adecuado, como antes, lo suficientemente rápido para tenerme tan excitada que sentía mi sexo cada vez más palpitante y hambriento, y lo suficientemente lento como para que no estallará. Empezó a introducir un dedo dentro de mí muy despacio pero directo, sin pararse, los pequeños gemidos borbotaban de mis labios. Necesitaba desahogar de alguna manera todas las sensaciones y clavé mis uñas en sus hombros, le dolió y le gustó, sintió mis uñas mordiéndole la piel, clavándose, escociéndole con el salitre del mar empezó a penetrarme más rápido, más hondo, y a comerme más violentamente, no paraba, él también gemía, estaba muy acelerado, como loco, me fascinaba y me perturbaba a la vez. Temblaba entera, no estaba cerca del orgasmo pero era incapaz de mantenerme quieta, me retorcía, y gemía cada vez más alto, sin poder controlarlo, me mordía los labios desesperada, le arañaba y le estiraba del pelo. Se puso en pie, el agua apenas le cubría por las rodillas en aquel nivel del muelle, de nuevo vi el sexo vigoroso, moreno, brillante y apetecible, lo vi entre mis piernas acercándose peligrosamente hasta que desapareció despacio dentro de mí, me cogió de las muñecas y me inclinó hacía delante, le rodee con la piernas y empezó a darme besos en los labios, despacio, acompasados con los movimientos de sus caderas, lentos y diminutos dejando que los suspiros se colaran entre nosotros. Me daba largos besos húmedos, sentía toda su lengua en mi boca, llenándome, su boca mordiendo la mía exasperada, empezó a moverse rápido, metiéndola hasta el fondo una y otra vez, yo le gemía y le gruñía muy cerca del oído, su sudor resbalaba entre mis tetas, una mano me estiraba suavemente de pelo por encima de la nuca, otra se entretenía en mi boca y la mías apretaban su trasero con fuerza como si pudiera meterlo entero dentro de mí, sus gemidos me anunciaban que pronto explotaría. Le ofrecí mis tetas que recibió hambriento y con ganas, su lengua era experta en todos los terrenos de mi cuerpo, abría la boca intentando llenársela con ellas, sentía como mis dos pequeños y redondos senos se hundía y perdían entre la carne de sus labios, el mar empezó a estrecharse entre dos lineas negras a lo lejos hasta que cerré los ojos por completo, surcó rápido mis pezones, las lamió enteras hasta desembocar en mi clavícula, en mi cuello y en mi mandíbula. Luego gritamos.
E_Trusca



Araceli dijo
Quiero maas!!! no puede terminar asii, quiero mas detallees jajajaja. Me ha encantando!!!!! Tengo que ser sincera... me encantaria vivir este relato! algo tan placentero sin planificarlo... pf!!! jajajajaja
Esperare ansiosa tu proximo relato. Muy grande. Sigue asi :D
15 Septiembre 2010 | 10:32 PM