El elefante verde
El señor Martín había nacido una noche helada de febrero en una casucha en las angostas calles de un pueblo manchego. Era un hombre dispar, desigual y muy singular, parecido a los que salen en los escritos surrealistas de Neil Gaiman y que para hablar utilizaba siempre ese toque rítmico y poético que daba a sus palabras una sonoridad especial, muy musical. Era terriblemente borde e irónico, vivía en una dimensión mental en la que dejaba entrar a poca gente y casi siempre por poco tiempo. Eso no significaba que fuera un hombre maleducado, todo lo contrario; era un tipo correcto que se mantenía en su sitio pero que no soportaba tonterías de los demás.
Pero seamos justos y vallamos poco a poco. Ese invierno fue terriblemente gélido. El aire helaba las narices y las orejas de los que se atrevían a pisar la calle. En el pueblo la gente intentaba trabajar como podía mientras permanecían incomunicados por las fuertes nevadas que arrastraron tanto enero como febrero. Los vecinos compartían hortalizas, frutas, guisos y grandes cazuelas de sopa; haciendo piña entre todos para pasar lo mejor posible aquellos días. El frió se colaba en los huesos y hacia tiritar hasta los pelos de las pestañas. La radio se escuchaba fatal haciendo que las noticias solo se oyeran a trozos. Justo un día antes de la primera gran nevada el pueblo recibió la visita de un gran escritor inglés autor de algunas de las obras más famosas de la época. Se decía que había conocido al alcalde en la guerra y que tras muchos años de solo saber uno del otro por carta habían decidido por fin tener una conversación frente a frente como las de antes, en su juventud. Parece curioso que un gran escritor inglés acabe en aquel pueblo pero en el fondo un escritor puede escribir desde donde sea; un alcalde, difícilmente puede gobernar desde otro municipio sin estar presente en el día a día. Al menos antes, eso sí era impensable; cuando se gobernaba de verdad. Todo el mundo salió disimuladamente a la calle cuando a medio día aquel misterioso ingles paseo por las estrechas calles de la población a la vera de su amigo el alcalde. La gente curioseaba hasta el más mínimo detalle de sus ropas: zapatos de charol azul claro, traje de terciopelo negro y una camisa lila que como mínimo, dejaba sin habla un par de minutos a los más puritanos del lugar. Los primeros copos de nieve los sorprendieron a la hora del café, cuando la sobremesa se había extendido hasta la puesta de sol. Nevó como ni los más mayores recordaban haber visto nevar en esas tierras. Las baldosas y las aceras quedaron enterradas y cubiertas por el blanco del invierno. La gente sorprendida se asomaba a las ventanas para ver la velocidad con la que los copos caían sobre el pueblo. Nadie podía pensar que aún así seguiría nevando durante más de veinte días, manteniendo al pueblo completamente incomunicado, las calles repletas de nieve y a aquel excéntrico escritor inglés sin posibilidades para volver a su ciudad natal, Liverpool.
Al principio los días se le hicieron muy largos hasta que poco a poco fue encontrado su sitio en aquel lugar tan tranquilo. Allí en tan sólo en veinte días escribió su mejor libro. Los pueblos comparados con una gran ciudad como de la que él venía dejan mucho tiempo libre para dejarse ir en aficiones y actividades como la escritura. La nieve, el contraste entre la calidez de los fuegos de las chimeneas en los salones de las casas del pueblo y el frió hiriente del exterior que casi abrasaba más que el propio fuego, con el verde de los árboles y el blanco brillante de la nieve le permitió involucrarse de lleno en la mejor de todas sus historias. Empezaba a estar encantado de la naturalidad de aquella gente, de poder pasar de casa en casa sin ni una sola mala mirada. Comió y bebió de la gentileza de cada uno de los habitantes de aquel pueblo que empeñados en invitarle, le servían sus mejores manjares disfrutando del honor de ver de cerca tanta exquisitez en sus prendas de vestir y tanta labia disfrazada con ese acento anglosajón risueño y cosmopolita. Probó los mejores quesos, los mejores vinos y los guisos más elaborados. Él siempre tenía el detalle de cuando llegaba la hora de la sobremesa contar un pequeño cuento a el resto de comensales como señal de agradecimiento, historieta de la que nadie perdía atención hasta que el final les sorprendía y los dejaba casi siempre con la boca entreabierta. Desde las muchachas jóvenes hasta las abuelas de estas disfrutaban encantadas de escucharle recitar sus historietas y cuentos frente a las chimeneas. Las más jóvenes también encontraban el placer en las miradas cómplices de felino que lanzaba sobre alguna que otra falda o cuello despejado; pero fue María la que sin casi quererlo demasiado acabo disfrutando de esas historias sobre su cama mientras se recuperaba de los juegos y tiras y aflojas que le hacían sentir el calor del más caliente de los agostos en pleno febrero nevado.
María era una joven del pueblo. Hija del mejor carnicero de la zona y también del único Tenia dos hermanas más mayores pero el día que él fue a comer a casa invitado por su padre no pudo quitarle los ojos de encima ni un instante. Tenía los labios carnosos y muy rojos, unos buenos mofletes, las cejas muy finas y unos ojos muy hondos con unas pupilas enormes. Era tan difícil despejar la vista de sus ojos como de ese escote que volvía loco a medio pueblo. Tenía los senos más firmes y redondos que aquel hombre había visto jamás, la tentación era más que notoria y un galán como el no deja pasar oportunidades así No fue fácil intimar con ella ya que María no era tonta para su edad, había nacido con un sentido de la sociedad difícil de comprender teniendo en cuenta que nunca había salido de allí pero aún así; sabia lo suficiente para involucrarse en un tira y afloja con aquel hombre mucho más mayor que ella que terminó enredándola entre sabanas y haciéndole perder la vergüenza y el pudor para convertirse en el deseo en sí mismo de las manos de ese inglés.
El dieciséis de febrero, el sol apareció derritiendo por fin la nieve poco a poco. Todo el pueblo se echó a la calle para colaborar en devolver de nuevo el orden a las calles. Todos menos María, la cual disfrutaba en su alcoba de las caricias suaves y cálidas de los dedos de su escritor favorito, y eso que nunca había leído ningún libro. El sonido de las palas y de los tractores luchando contra la nieve no hacía más que poner banda sonora a las embestidas, las caricias y los besos cálidos que inundaban ese cuarto. Con el alba del día siguiente él se marcho y aunque de eso ahora hace mucho tiempo en el pueblo aún se escuchan historias y se dibujan sonrisas cuando se habla de aquel hombre, que convivió con todos ellos durante veinte días dejando en el mejor de sus libros un trozo de cada uno sin que ellos ni siquiera lo supieran. Aquel que se atrevió a escribir en la primera pagina del más reconocido de sus libros: "A la nieve, que me regalo a M."
El sol devolvió la rutina a todos los habitantes del pueblo, el trabajo en el campo y de vez en cuando, la visita de algún curioso buscando que había inspirado tal maravillosa historia. Fueron muchos los curiosos, que aumentando en número cada mes, aparecieron por allí preguntando y buscando algún detalle o algún rincón de los que se leían en el libro. Contaron que en las entrevistas había contado donde escribió el libro y se deshacía en elogios a los que allí lo acogieron y lo trataron como uno más. También decían que el libro tenía la mejor descripción del cuerpo de una mujer que nadie había escrito jamás. Durante veinte páginas se describía un cuerpo de mujer con mil detalles, rincones y sensaciones en esa piel que la cubría, que daban paso a encuentros furtivos y multitud de incendios provocados debajo de sus faldas durante el resto de la novela. No era difícil cuando se encontraban con María por aquellas calles reconocerla sin dudar demasiado. El problema para María fue descubrir cuando por fin se decidió a leer la versión en castellano que habían otras quince o veinte paginas que contaban otros encuentros con mujeres que para nada se parecían a ella y que era completamente inevitable diferenciar entre las jóvenes de allí. Algunas incluso en el mismo estado de gracia que ella; dio gracias a que casi nadie sabía leer en aquel pueblo y guardo bien el libro en su habitación limitándose a decir que era precioso y que algún día se lo leería a todos.
Nueve meses después de aquel febrero y aún con el sabor a recuerdos entre los labios y bien agarrado al paladar, nació Martín tras multitud de carreras de la matrona y un esfuerzo enorme de María para que el condenado dejara su cuerpo de una vez y empezara a defenderse por sí mismo. A Martín nunca le gustó el verano y decidió dejarlo claro desde bien pequeño. Fue un niño tranquilo que pasó la mayoría de su infancia perdiendo la vista en el poco mundo que le ofrecían sus sentidos. Rodeado de campos llanos, con grandes y rectos horizontes pronto se hizo experto en las plantas que crecían en los humedales de la zona y en los animales que en ellos habitaban, pasándose muchas horas perdido. No se sabe muy bien cuando exactamente pero un día el mundo que Martín hizo creer en su cabeza sobrepaso al de verdad y empiezo a ser más grande que aquel pueblo donde estaba resignado a vivir. Aprendido a escribir y leer gracias a su madre aunque no sin esfuerzo y pronto empezó a escribir sus propios cuentos llenos de criaturas fantasiosas que contaba a otros niños y mayores. Algunos se escandalizaban de tal imaginación, otros se fueron aficionando a escuchar y así, poco a poco, fue ganándose algunas monedas. Creció sin padre aunque con una madre que valía por tres y que fue aprendiendo al mismo tiempo que enseñaba. Leyeron y discutieron juntos mientras empezaban a comprender el mundo que les rodeaba. Pasaban tardes enteras perdidos en textos de historia e intentado comprender que se les escondía tras esos largos horizontes. La radio se fue convirtiendo en el mejor amigo de los clientes de la carnicería que María heredo de su padre y en la que tuvo que trabajar sin entender de domingos ni festivos para poder pagar todos los gastos que se le presentaban.
Cuando Martín tenía trece años, María enfermó y no duro mucho más. Pasó dos semanas en cama recibiendo los cuidados constantes de su hijo. A veces cuando estaba con fuerzas le pedía por favor que le contara un cuento; y este le contaba el más bonito que era capaz de inventar incluso haciendo llorar a su madre. Martín aprendió a cocinar y con la ayuda de los vecinos la cuido todo lo que se puede cuidar a alguien. Estuvo con ella día y noche hasta que un día María no se despertó. Martín ya estaba avisado, ya habían hablado de esto cuando ella enfermó y supo que hacer desde el primer momento, se encargo de todo sin dudar ni un instante. María le contó cómo conoció a su padre, que su padre era un hombre diferente y que él tenía que salir de allí, crecer, y mediante sus ojos enseñarle el mundo. La imaginación de Martín era de sobra conocida en la región pero su madre siempre había creído que era especial, y que podía ver donde los demás no veían más que vacío. Ese día Martín creció cinco años de golpe. Perdió su compañía y su cariño, el apoyo y comprensión de quien más lo conocía pero sobre todo, perdió una amiga. Martín guardo sus recuerdos bien adentro y trabajo en el campo, a cargo de su tío, durante los siguientes cuatro años hasta que al cumplir diecisiete y sin despedirse de nadie, recogió sus cosas y el dinero que su madre le había escondido para cuando lo necesitara y se marchó de aquel pueblo.
Durante esos cuatro años escribió por las noches. Siguió leyendo y aprendiendo sobre el mundo. Se relacionaba con los jóvenes de allí; algún que otro beso robado y no tan robado en el portal de alguna chica de su edad. Su tío empezó a confiar en él y eso le dejaba tiempo para sus cosas, aunque no creyera que fuera bueno para él, creía que era justo Martín tuviera tiempo para él. Los niños estaban encantados con las historias que les contaba los domingos cuando en la hora de la iglesia él se ofrecía a cuidarlos. Un día uno de los niños decidió contarle a sus padres un cuento de Martín y los padres escandalizados prohibieron que volviera a estar con él, y así, fue pasando con casi todos. Recibió cartas sin remitente cada dos meses con una cantidad de dinero suficiente para vivir bien el resto de su vida hasta que cuando cumplió los diecisiete le llegó la ultima con más dinero de lo habitual y un libro con una dedicatoria en la portada: "A la nieve, que me regalo a M". También había una carta donde le explicaba para que y porque era el dinero, y que ya no habría más. Que tenía el suficiente para poder viajar y disfrutar. Martín pasó la noche sin dormir leyendo el libro, y al amanecer cuando salió el sol tan sólo le quedaban dos páginas. Se las leyó rápido y recogió sus cosas. Sonrió y andando sin prisa, se alejó del pueblo sin más mientras daba los buenos días a todo el que se iba encontrando. Al dejar la última cosa atrás, el aire empezó a parecerse más limpio y la sonrisa se pintó en su rostro en apenas décimas de segundo...
La sirena que marca que los niños se pueden ir a casa calla a Martín que sonriendo ve como los niños no se mueven esperando que el continúe. El gimnasio decorado con un montón de cartulinas de todos los colores cortadas en tiras colgando del techo. Las persianas tapadas con cartulinas negras donde se han pintando estrellas, lunas y alguna que otra nave espacial. Algunas madres y los profesores de pie tras los niños también escuchan sin demasiadas ganas de marcharse a almorzar. Al fondo de la clase, escondida en una esquina, está Jimena. Esa mujer que convirtiendo los sueños de Martín en caricias y los mejores premios, sus sonrisas. Él la conoció al poco tiempo de salir de casa. Había dado algunos tumbos para aquí y para allá, escrito algún libro y tocados algunas canciones en los bares de la región. Ya se ganaba la vida con facilidad cuando recibió algunas ofertas jugosas para grabar su primer CD. Lo grabó; pero nunca dio ni un concierto. Un día por casualidad y por mediación de un amigo fue al colegio a contar un par de cuentos a cambio de cuatro duros. Cuando la vió, el mundo se redujo a ella y así sigue. En un universo enorme donde todos los planetas son los lunares de su piel. Jimena era morena con ojos claros y grandes, casi de sapo de dibujos animados. Su mirada era tan cálida que podía derretir barras de hielo en cuestión de segundos si se lo hubiera propuesto alguna vez. Tenía los labios finos pero muy marcados, nariz respingona con el arco bien marcado y las orejas muy pequeñas. Su melena parecía salida de las películas de indígenas sudamericanos, bien negra y larga. Tan oscura como una noche sin luna. Tenía los dedos largos y ágiles, las manos finas como los brazos. Un vientre plano y terriblemente suave, una cintura que dibujaba la curva más peligrosa del mejor de los circuitos y una espalda que dibujaba la silueta de la guitarra que mejor le sonaba. Sus piernas no terminaban nunca, una pequeña marca adornaba el interior de su muslo izquierdo en forma de rombo, una antojo que era un vicio para Martín Sus abrazos eran cálidos, llenos de calma, pero la inocencia brillaba por su ausencia. Sus senos eran firmes, dos montañas que escondían un pequeño hoyuelo en el pecho, justo entre esas dos firmes colinas, que era perfecto para dejar acobijarse a su lengua. Sus juegos y provocaciones hipnotizaban a Martín mandándolo de golpe más lejos que cualquier viaje espacial. Cuando la vio no pudo más que invitarla a un café y allí estaba cuatro años después: contando cuentos en el mismo colegio, eso sí, gratis; porque ni por asomo aquel colegio se podía permitir ya pagar las cifras en las que él se manejaba.
Martín no pisó nunca más ese pueblo, pero eso ya o lo contaré otro día...
Los niños se levantaron sin prisa, aplaudieron de forma espontanea con una sonrisa en los ojos y se marcharon con calma. Mientras se ponía esa chaqueta marrón con hombreras verdes y se anudaba el pañuelo del mismo color en el cuello noto unas manos en su cintura y una melena rozándole la nuca.
- Deberías volver a escribir.
- Ahora me gusta más cambiar la historia cada día
- Pues cuéntame una. Ahora. - Una mano cálida paseando por su espalda, colada en la chaqueta directa a su columna. Una mano con la piel helada que hace que su piel se erice por completo.
- Había una vez un elefante verde, de patas lilas y orejas en forma de cuadrado que vivía en una ciudad de la India, entre la gente. Un día cuando salió a dar un paseo matutino...
Y con el paraguas bien alto protegiéndose de la lluvia se marcharon a casa mientras las palabras se maquillaban con el sonido de las gotas.
MrWahWah


