Toboganes y columpios
Imagina que tienes seis años. Hoy habéis hecho muñecos de plastilina en el colegio, tú llevas un berrinche considerable porque querías hacer una jirafa con el cuello más largo del mundo pero al final aquello parecía más un habitante de cualquiera planeta fuera del sistema solar y hasta la profesora ha tenido que hacer terribles esfuerzos para poder maquillar la risa mientras defendías tu figurita. Nadie duda que esté hecha con todas las ganas pero eso no tiene que significar que te salga bien, entiéndelo y deja de moquear. El recreo ha sido largo porque ha bajado el director a hablar con tu profesora. Has corrido jugando con el balón y has peleado con los chicos hasta acabar dándole a alguno que otro una buena patada porque las señoritas también saben dar y tú aún no entiendes porque tienes que jugar con muñecas, te divierte mucho más acabar a golpes con algún niño feo y asqueroso. La comida ha sido horrible, tanto que has llorado como una magdalena para que te dejaran marchar a jugar otra vez. Menos mal que mamá seguro que trae algo de merendar.
Cuando suena la sirena, recoges todo lo rápido que puedes. La chaqueta colgando tan sólo metida por una manga, la bolsita de tela donde guardas el almuerzo colgando en la otra. En fila hasta que tu profesora señala a mamá dejándote marchar. Sales corriendo y enseguida tienes ese bocadillo enorme en la manos, mientras tu madre se pelea con tu chaqueta para ponértela. Tú como siempre no tienes intereses en poner mucho de tu parte ya que es mucho más divertido ver como se pelea con tus brazos. Devoraras el bocadillo, tus amigos de clase pasan con sus madres y puedes darles envidia, jugar pasando la lengua por el pan mientras que ellos se ríen sufriendo tirones hacia adelante para que avancen mas rápido. De repente, tras doblar un par de esquinas, una valla de colores se asoma a lo lejos. Mientras os acercáis puedes empezar a ver columpios de todas las clases. Toboganes enormes y llenos de curvas imposibles, columpios muy altos de color verde esmeralda que brillan a la luz del sol, unas fuentes enormes para beber agua bien fría. Al otro lado se ven aún más columpios de muchos colores: rojos, azules y algunos lilas que llaman mucho la atención. Pistas de fútbol y de baloncesto donde un montón de niños corren y juegan mientras algunos más mayores quieren hacerse sitio para jugar ellos. Hay mucha gente, algunos niños juegan con una pelota mientras otros se sientan en los bancos y los miran, otros niños más pequeños que tú también juegan pero vigilados por sus padres y de tu edad, divirtiéndose y riendo en los toboganes mientras caen a buenas velocidades por estos.
- ¿Mamá vamos a entrar? ¡Este parque sí está chulo! Tiene de todo.- Los tirones en la ropa, el brillo en tus ojos, las ganas de explorarlo. Tus manos tiran fuerte del bolso de mamá.
- Vale, pero lleva cuidado con los niños más grandes y no molestes a los pequeños. Son las cinco y media, a las siete y media nos vamos. No quiero tener que ir a buscarte. - Tu madre te mira sonriendo, disfrutando de verte tan excitado.
Ves como se sienta en el banco con otras madres para poder hablar. Hablan y tú juegas. Corres explorando todo el parque. Estás maravillada porque cada rincón descubres algún artilugio nuevo con el que poder jugar. Castillos con puertas que son columpios y toboganes, grandes coches que acaban siendo balancines donde casi tocar el cielo. Risas, montañas de arena y guerras de piedras. Acabas jugando al fútbol con los grandes y llevándote algún pelotazo. Después te acercas a los pequeños para poder mandar un rato, al final; acabas con los de tu edad, discutiendo por poner las reglas y jugando por todo el parque. Cada uno de un color diferente: algunos más altos, otros más bajos; unos se lanzan más rápido y otros más lento; pero todos hacen que el aire se corte en tu cara y notes el viento.
Mama se acerca rápido, mientras caes por el tobogán a una velocidad de vértigo. Sus manos te sujetan del cuello del jersey. Su cara de enfado, la mandíbula bien marcada, apretando fuerte.
- Te he dicho que nos íbamos a las siete, venga, tira. - Giras la cabeza entre sollozos para poder ver que a tus espaldas el parque se queda atrás, lleno de otros niños que acaban de llegar.
- Yo quería quedarme más... - Giras la cabeza para ver lo que dejas detrás. Tú no comprendes por qué se pone así; te ha llamado un montón de veces pero estabas tan entregada que ni siquiera te has dado cuenta de sus señales. - ¡Yo quiero quedarme!
La muerte no es importante, lo serio del asunto es nacer. Es como ganar el sorteo cuando sólo queda una patata en el plato y te toca comértela a ti; o como cuando de entre todos los menos feos de la clase ella te escoge a ti para ese beso, pobrecilla; si ella supiera que hay más chicos en otras clases. No existen finales sin principios. Lo extraordinario no es morir sino nacer para ganarle a todo esto un montón de años para hacer lo que te de la gana, poder sentir y palpar lo que te rodea. Lo único que me da miedo de la muerte es darme cuenta cuando llegue que no me he tirado por todos los toboganes que he encontrado antes.
Mr WahWah


