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La Coctelera

Dos que nadaron sin mojarse

Dos que nadaron sin mojarse, es un proyecto compartido, un blog a dos manos.

2 Agosto 2010

Hambre de libertad

Salir de allí no fue fácil. Eso sí, ella esperaba encontrarse con muchos más inconvenientes así que pareció hasta contenta cuando se entero que tan sólo tenía que esconderse entre el pescado semicongelado durante un par de horas. Soportar el olor a pescado, y como premio; desaparecer de aquel puerto. Había asumido el hecho de que para su familia se convertiría en un fantasma durante un par de semanas pero la tranquilizaba que cuando llegara la primera carta con algo de dinero se pondrían terriblemente contentos de saber que después de muchos años de pasar hambre de mundo; este le estaba devolviendo todos los menús de golpe. Dedicó la mayor parte de las horas entre cajas de pescado a pensar lo dejado atrás. No se quitaba de la cabeza sus padres, su abuela Rodriga; que tantos cuentos le había contado de pequeña; sus primos, sus amigos y él. Su hermano la entendería, de eso estaba completamente segura, aunque le hubiera encantado compartir miles de cosas con él al otro lado. Sobre todo: una conversación sin miedos. De esas en las que acabas acelerándote y perdiendo los estribos. Eso en su tierra, era impensable. Nunca había sentido tanto frió como en esas tres horas, estaba muy mal acostumbrada a los veinte y pocos grados de su isla.

 Consiguió un sitio en ese barco gracias a un favor que le debían de su época de estudiante, cuando salvo a un compañero de la policía cubriéndole las espaldas con un testimonio falso. De jóvenes, mantener la boca cerrada ante tanto mundo injusto es bastante complicado. De joven, te hierve más la sangre y te arden más las tripas. Sólo necesitó una llamada de teléfono para que esa misma noche su isla, sin que ella pudiera verlo; se alejara a sus espaldas. El mar no le dio mucha calma y dormir fue imposible. De todas formas ella no quería dormir sin terminar de repasar mentalmente todo lo que tenía que tener claro al llegar: buscar a Edgar Faringe y entregarle la nota que le había escrito su antiguo compañero, entregarle los mil dolares que habían pactado y callarse. Era lo más importante; ser un fantasma durante las horas previas al vuelo.

Miami era enorme; lleno de luces y edificios enormes sacados de las fotos de cualquier revista de corazón antigua que había en las peluquerías. El taxista risueño no dejaba de mirar por el espejo. El vestido se le subía dejando asomar el moreno de esos muslos firmes. Jimena no habló en todo el camino. Embobada en el cristal empezaba a comprender lo que significa aquello de vivir cerrada al mundo. Demasiadas luces, letras llamativas y perros mejor duchados que muchos de sus vecinos. "Menos mal que por aquí también hay alguna palmera que otra", pensaba para ella misma; sino hubiera creído estar en otro planeta diferente. La mirada del taxista al montón de billetes le hizo aprender la primera lección: los billetes cuanto más escondidos mejor. Estaba segura que el taxi marcaba veintiséis en la pantallita de debajo del equipo para la radio cuando el taxista le pidió treinta y seis; ella no estaba en momento de discutir y pago con la sonrisa en los labios. Se sintió engañada, pero, ¿y qué? Mira cuantas risas. Mira cuantas copas. Cuantas ropas que sólo había visto en las revistas. Para él los diez dolares de más, para ella y su piel morena; un mundo entero sin mordazas.

La boca entre abierta, los ojos saltones moviéndose rápidamente, los sentidos bien alerta y paso firme. Tenía que bajarse en esa esquina, buscar el edificio rojo y tocar al timbre. No necesitaba más.

- ¿Dígame? -

- Hola. Vengo buscando a Edgar Faringe. - Y se abrió la puerta. Entró sin miedo y allí estaba. Lo recordaba mucho más alto; será porque la ultima vez que lo vio ella media sesenta centímetros menos. Cuadros a medio pintar, botes de pintura y manchas de colores vistosos en el suelo. Pelo canoso pero bien cuidado y una barba de al menos 3 meses escondía su sonrisa.

- Bienvenida. Deja que te abrace. - Y lo hizo. Y bien que la apretó que hasta sus dedos se hundieron un poco en la espalda de ella. No tenía una espalda donde fuera fácil perder los dedos precisamente. Tenia la carne fuerte y tensa. Tirante pero suave.

- Gracias por todo. Estoy muy agradecida.- Un beso leve en la mejilla. Le picaba la barba pero no le importaba.

- Querrás descansar, ¿no? Tu vuelo no sale hasta mañana por la tarde. Tienes que dejarte ver lo menos posible. El aseo es la tercera puerta, el cuarto de invitados está subiendo esa escalera. Date un buen baño y tranquila porque cuando tu madre se entere, podré prometerle que estás bien. -

Subió las escaleras sintiendo su mirada buscando sus nalgas. Por suerte el vestido no se subió demasiado. No tenía importancia, lo entendía. Eran instintos y se había portando muy bien con ella; hasta le permitió mirar frenando un poco el ritmo de sus pasos.

Edgar había sido novio de su madre durante cuatro años allí hasta que un día decidió marcharse sin dar demasiadas explicaciones. Al poco tiempo empezaron a llegar cartas explicando que no había tenido otra opción. Que en algunas de sus obras de teatro había tenido problemas y era mejor así. No quería dañar a los jóvenes con los que compartía horas y horas en el teatro. Mi madre se creyó a pies juntillas que lo hizo por ellos mientras que Jimena y su hermano crearon una versión algo menos heroica de la huida cuando se enteraron que a la semana algunos compañeros fueron interrogados y encarcelados de forma preventiva por el bien de la comunidad. Poco tiempo después empezaron a aparecer noticias de un pintor de origen isleño con una carrera artística meteórica en las galerías de Miami.

El agua cubría su cuerpo. Tan sólo dos pezones asomaban por encima del nivel del agua como dos majestuosas islas. Morenos, cálidos y brillantes. Grandes y apuntando al cielo. Los dedos de los pies con alguna que otra herida del trabajo en el campo, jugaban contra la pared de la bañera. El pelo recogido en un moño improvisado. El cuello largo, estirado y los ojos cerrados. La mente en otro sitio con el corazón a mil por hora mientras la noche cae sobre la ventanita frente a la bañera. El ruido de los coches acompañado de las risas de la gente se cuela por las paredes. Edgar había salido a comprar algo para cenar. La ducha duró como dos horas y al final; sin que Edgar hubiera vuelto se dedico a pasear por la pared de abajo de la casa cotilleando cuadros y pinturas enrollada en una toalla blanca que hacía resaltar aun más el color de su piel. Tenía ganas de llamar a casa pero sabía que no podía hacerlo. Necesitaba escuchar a su madre y a su hermano así que intentó consolarse con la idea de imaginarlos riendo y llorando al mismo tiempo de alegría al enterarse de que por fin había tenido el valor suficiente para ir a por mundo.

Se vistió mientras se reía por dentro de la cara de Edgar al verla sólo con esa toalla. Cenaron con calma. Edgar la aviso de que no debía parecer nerviosa en el avión y le entrego un sobre con unos papeles. Jimena leyó en voz alta y se frenó cuando llego a la cuarta linea del documento: Nacionalidad Estadounidense. Sonrió enormemente guardando silencio, empapándose de los consejos de Egdar. Luego le dio unos números de teléfono para ayudarla cuando llegara aunque tan sólo fueran los primeros días. Jimena preparó dos buenos mojitos repletos de azúcar para la nostalgia y la memoria. Edgar quiso saber cosas de la isla durante horas hasta que el sueño tocó a sus puertas...

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Uno ilicitano, otra ibicenca; los dos por gusto por la escritura. MrWaWah lanzo la idea, Etrusca acepto sin dudarlo. Cada uno de acuerdo a su punto de vista, percepción y entorno. Una rodeada de agua, el otro; perdido en la península y las palmeras. Dos disfraces para el mismo el mundo.

Gracias a los que...


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