Postales de estanco

El día que el abuelo nos enseñó todas las postales que había comprado en el estanco hacía mucho calor. La chicharras no paraban de cantar, y si mirabas a los lejos veías flama, como cuando se escapa el gas de la hornilla de butano. Estábamos los tres sentados bajo el algarrobo que había detrás de la casa, a la sombra. Mi primo pequeño, mi abuelo y yo. Por la ventana de la cocina se escapan las canciones de Joselito que la abuela tenía puestas en aquel viejo radio- casete, y también el aroma de algo delicioso que se estaba cocinando y se mezclara con el olor propio del verano. Aquellos veranos olían a muchas cosas, y todas ellas bonitas.
Siempre nos sentábamos allí antes de comer, y el abuelo nos contaba alguna historia de su juventud, para que no estuviéramos correteando por el sol y calentándonos los sesos en pleno agosto. Tantas, que a medida que iba creciendo, sentía nostalgia por aquellos tiempos que no me pertenecían. Recuerdo ese día en especial porque llevaba aquella caja de zapatos, la que escondía encima del ropero como si se tratase de su bien más preciado. Lo cierto es que los dos la mirábamos muertos de curiosidad, deseando descubrir que se escondía debajo de esa fina tapa de cartón, pero ninguno decía nada, únicamente observábamos, "la paciencia es la mejor de las virtudes" nos decía siempre, y a la fuerza, aprendimos a ser pacientes, o al menos todo lo paciente que puede ser un niño.
Ese día no hubo viejas historias, sólo imágenes. Nos las pasábamos de unas manos a otras, sumergiéndonos en cada nuevo mundo que veíamos reflejado en aquellos trozos de cartulina en blanco y negro. "Esta es la isla de la mentira, en los estancos, puedes comprar postales de cualquier lugar del mundo" Y él las coleccionaba. Para mentir también. Compraba postales, y le contaba mil aventuras en la cama cada noche a mi abuela, mientras debajo del colchón guardaba paquetes de Ducado, sin que nadie lo supiera. Al año siguiente, lo ingresaron en el hospital, con los pulmones carbonizados y las arterias del corazón a punto de reventarle. Sesenta y siete años. Mi primer vestido negro. La primera vez que vi llorar a mi padre. La última vez que vimos al abuelo. Tuvo nueve hijos, mucha hambre y muchas noches sin dormir. Pero mentiras y tabaco, nunca le faltaron.
E_Truska



tersa glam dijo
Muy bonito...
13 Julio 2010 | 04:05 PM