Sabado cualquiera
-¿Sabes? Te he observado durante tantos ratos que ahora, de tan cerca, hasta me cuesta fijar mis ojos y mirarte. He fantaseado tanto con lo genialmente brillante que podías llegar a ser que me da miedo y hasta vergüenza. No quiero borrar la imagen que tengo de ti, no quiero que ni un sólo gesto, ni una sola mueca, ni el más leve rincón de tu piel, me haga cambiar la imagen y la opinión que he creado durante este tiempo.
-¿Y porque has tardado tanto en acercarte? Supongo que es difícil, se que a veces parezco muy inaccesible, ¿siempre tengo que estar en mi sitio sabes? La gente tiene muy buena imagen de mí. Pero me gustas, eres guapo. Quédate. - Una mano que se mueve, que acaricia, cálida, sin prisa. Una mirada cómplice, y esa mirada, por fin. Vestido liso, muy fino, de colores claros y extremadamente pegado al cuerpo, tanto que no deja ni una sola duda de que lo que esconde debajo quitaría la respiración a cualquiera que aprecie la belleza porque sí, más allá de cualquier deseo. Vestido caro, esas cosas se notan. Buen perfume, maquillaje que no agrede a la piel, de los que usan y anuncian modelos preciosas a las que es evidente, que sueña con parecerse cuanto más mejor.
- No, no me he acercado antes porque he necesitado mucho tiempo para asimilarte, para creer que existías de verdad. Pero poco a poco me he dado cuenta de que existes, estas aquí, tan sólo una mas... - Ese dedo que enreda y desenreda un mechón de pelo, largo y pelirrojo. No deja de crear tirabuzones. Las miradas a los chicos de la puerta, al resto de chicas escrutándolas de arriba abajo para no perder ni el más pequeño detalle de superioridad sobre ellas. Esa mirada fría, de sentirse el centro de atención y de estar disfrutando con las miradas del resto.
- ¿De verdad piensas eso de mí? La verdad es que no soy como otras chicas, cada una tiene su estilo supongo. A mí me gusta ir mona, no sé cómo pueden ir así... - Sus ojos observan a una chica sentada en otra mesa. La prepotencia escapa de esa sonrisa dulce como si no pudiera soportar la risa al oírse a ella misma decir aquello. - Además, ¿qué más se puede pedir no? Una chica guapa necesita un chico a su lado al que la gente mire al pasar, si hemos nacido para ser divinos, que vamos a hacerle. No es nuestra culpa. - Otra caricia, unos dedos jugando con el filo de una camiseta, rozando con cuidado el brazo que piensa lucir esta noche por todos los locales de moda. - Vamos a parecer igual de altos, ¡mira! - Y unos zapatos enormes, llenos de piedrecitas asoman de debajo de la mesa. - Valen carísimos, me los ha regalado Papá. Está muy contento desde que trabajo con él. Sus otras secretarias no son como yo, conmigo puede presumir de hija. ¡Un chico tan alto! Son perfectos, sino pareceré una enana. - Y otra risa enlatada, de esas que ponen en cualquier serie de la tele cuando el chiste es muy malo, malísimo del todo.
- No podrían ser más apropiados para ti, tienen toda la personalidad de la dueña. - Una mueca, una sonrisa tonta, un largo suspiro, lento, desesperante... Una mirada al reloj desesperada.
- Vamos a brindar, ¡venga! Un chupito y nos vamos, ¿Vale? Quiero ir a ver a un montón de amigos que trabajan esta noche. Así podremos beber gratis, y tomarnos un par de copas. - Dos chupitos aparecen rápido en la mesa, se juntan en el centro, el cristal golpea, suena débilmente, casi no se escucha por la música. Son las doce, y es hora de subirla y animar a la gente a seguir bebiendo.
- Déjame brindar a mí - Hay que reconocer que vista así, desde esta silla, enfrente de mí y de pie es terriblemente apetecible. Es como la mejor de las fotos de un catálogo de cruceros de una agencia de viajes. Nunca he conocido a nadie que cuando ha contratado, se haya encontrado eso en el destino; al llegar. Sonrisa que se enciende, manos que recolocan el vestido con esmero, sin prisa, esperando las miradas, ese brindis en honor de su belleza enlatada. Vasos que se elevan sobre el centro de la mesa. - Un brindis por tu historia. La de tu vida. Desde pequeño me han contado mil y un cuentos: Aladdin, Blanca nieves, Pulgarcito... Mil historias del pasado. Algunas que para mí eran muy difíciles de entender tal y como esta sociedad es ahora, pero esta, la tuya, te prometo que es la primera que por mucho que miro y me planteo y por muchas vueltas que le doy; es la primera que no me creo ni un poco. Buenas noches...
Algún grito, algún mal gesto. Llamadas de teléfono llenas de incredulidad. Una sonrisa en plena calle, unos cascos que empiezan a soltar las mejores letras de Los Piratas...
"Mr. Wah Wah ya no sabe si estás muerto, Mr. Wah Wah continúa su paseo. Yo no te encontré, fue casualidad, fue casualidad. Mr. Wah Wah sigue contento...
Quién te hizo así mejor, no me das pena, no, a mí también me gusta llorar !"
Un paseo largo a casa sin ninguna prisa. Un coche que para en la puerta de cualquier cafetería, en cualquier ciudad.
Y un par de horas después dos noches que acaban. Una con un buen libro, un par de bostezos y la esperanza de una mañana entretenida al día siguiente. Otra; algo más tarde, con una buena dosis de roces, caricias, conversaciones con miradas perdidas en muchos músculos, sitios exclusivos en discotecas y sobre todo: muchas fotos donde ser la estrella aunque sólo sea en un trozo de papel.
En cualquier cama, de una ciudad cualquiera, a alguien mañana le va a doler la cabeza.
MrWahWah




Lady Blue dijo
Rompo el hielo y me atrevo a dejar el primer comentario a este post, aunque sea de mala manera y rápido, pero quería dejar constancia de que lo he leído, me ha gustado, y, consecuentemente, comentaré de manera más apropiada en cuanto saque unos minutillos libres.
un besito y mucho ánimo!
13 Junio 2010 | 05:02 PM